martes, 03 de enero de 2012 - 5:07 por SanIsidroActivo

Por Abel Posse (Escritor y diplomático).
Publicado en Perfil del sábado 24/12/11.
 
No tuvo dotes de político, no pensaba en el poder sino en el bien común. No sabía transar, ni negociar sus verdades, ni travestir con entusiasmo sus dudas. Hijo de la alta burguesía de Praga, tenía dos años cuando el nazismo sometió al país. Desde 1948 se instaló la violencia soviética. Esas cuatro décadas le habían robado una infancia feliz y una juventud arriesgada en la resistencia y la cárcel. Vivió la ilusión del “socialismo con rostro humano” intentado por Dubcek en 1967 y alentó la ideología democratizadora de los intelectuales y artistas de la famosa “Carta 77”. El sueño del comunismo humanizado duró hasta la madrugada del 20 de agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos treparon desde la Mala Strana hasta el Castillo (donde nunca pudo ingresar el personaje de Kafka).
En ese tiempo yo cumplía mi primer destino diplomático en el Moscú neostalinista de Brezhnev. Recuerdo el estupor de los diplomáticos y corresponsales más informados que ni siquiera pudieron sospechar un movimiento de semejante envergadura, ejecutado con nocturnidad, escalamiento y sin aroma de sangre. Eso sí, las ancestrales palomas de Praga enloquecieron ante el fragor metálico de las orugas y huyeron hacia la colina de Motol y el bosque de Podebrady.
Para Havel fueron los años peores. Tuvo un encarcelamiento de todo un lustro y varias formas de persecución y amenaza. Empezó a creer que lo de Kafka se transformaba en un destino fatal. Lo salvó la frescura de su fe espiritual y el amor de una mujer, Olga.
Pero los imperios implosionan cuando mueren los propios dioses que traicionaron. En 1989 se quiebra el bloque soviético. La asamblea checoslovaca convoca al bohemio Havel, al escritor, al ensayista capaz de creer en un humanismo político como espacio imprescindible de la condición humana.
El políticamente incorrecto pensó mucho en las celdas heladas del stalinismo. Siente que hay que partir de cero, como enseñó Adenauer, y no empantanarse en “la venganza del pasado”. Declaró una amplísima amnistía. Sabía que no debería permitirse que el odio de los muertos invadiese el espacio de los vivos repitiendo exclusiones y “sectarismo hacia atrás”. Sancionó la independencia que querían los eslovacos. De allí que su gobierno se calificase de “revolución de terciopelo”.
Havel había aprendido de la conducta de De Gaulle en el caso de Argelia. La guerra de dominación es siempre históricamente una guerra perdida.
Pero culminó su originalidad política al comprender que el “signo del tiempo” era aceptar la inserción en el capitalismo europeo y occidental. Nunca aceptó el comunismo, pero creía en un finalismo social de la política. No creía en el capitalismo pero sentía la ansiedad de los checos por la forma de vida que habían añorado en el gris soviético. Se quedó como figura indiscutible, pero cedió la conducción económica a Vaclav Klaus, que manejó el ingreso en la globalización como buen discípulo de Milton Friedman.
En 1990 me enviaron como embajador a Praga. Ascendí la colina del castillo, el Hradcany. El jefe de protocolo me llevó por los corredores del palacio hasta el salón. Los funcionarios esperaban a nuestra delegación. Havel estaba distraído, apoyado en la ventana que daba a la explanada donde estaba formando la guardia y sonaba la banda con los himnos.
Durante cinco años comprobé que Havel no creía en la marcha de un capitalismo mundializado. Creía que vivimos un tiempo intermedio, donde murieron los dioses últimos y aún no nacieron los próximos.
Sabía que el Nomos, el orden dominante del mundo, no podía aún definirse en la brillante y sonora edad intermedia que vivimos, donde aceptamos la realidad sin amarla y sin saber todavía cómo superarla en otro ciclo fundacional.