viernes, 06 de enero de 2012 - 3:39 por SanIsidroActivo

Por Carlos Alberto Montaner, periodista cubano residenciado en Madrid.
Fuente:
www.elcato.org , publicado por Economía para Todos (www.economiaparatodos.com.ar)

Fue como un cuento. En diciembre de 1989, súbitamente, Vaclav Havel se convirtió en presidente de Checoslovaquia. En pocas semanas, el escritor checo pasó desde de la más absoluta indefensión a la cúspide del poder. Todavía a mediados de noviembre la policía política continuaba aporreando a los disidentes y el Partido Comunista mantenía las riendas del control social.

En la tercera semana de noviembre comenzó la asombrosa Revolución de Terciopelo. Las calles y las plazas se llenaron de miles de personas que, finalmente, se atrevieron a manifestar lo que creían del sistema comunista, pero no se aventuraban a decir: era un tormento horrible que debía terminar cuanto antes. Comenzaron las huelgas. El régimen se desplomó. El comunismo teórico era un disparate. El comunismo real, consecuentemente, se había tornado en una creciente pesadilla. Havel le llamaba “Absurdistán”. Hubo algo sorprendente en el vertiginoso fin del comunismo checoslovaco.

En febrero, los eslovenos —entonces una república adscrita a la federación yugoslava— crean un partido de oposición. Polonia, de la mano de Lech Walesa y con el impulso masivo del sindicato Solidaridad, había comenzado a derrotar la dictadura en las elecciones de junio. Los tres países bálticos, en agosto, pidieron la independencia de la URSS. En octubre, los comunistas húngaros habían cambiado de nombre y aceptaban el pluripartidismo. A principios de noviembre los alemanes derribaban el Muro de Berlín. El 25 de diciembre los rumanos fusilaron al dictador Nicolás Ceaucescu y a su pérfida mujer, la inefable Elena, para poder dar inicio a los cambios. Un mes antes lo habían elegido por unanimidad como líder del Partido Comunista.
Los checos, en cambio, parecían rezagados. De pronto, la libertad llegó como un relámpago. El 29 de diciembre Havel era elegido presidente por un Parlamento que no veía otra salida a la crisis. Su figura se había agigantado al frente del Foro Cívico, una organización que agrupaba, esencialmente, a escritores y artistas disidentes. Era el primer país que rompía sin ambages la cadena moscovita e iniciaba el entierro de las supersticiones marxistas. Seis meses más tarde la inmensa mayoría de la sociedad le concedía sus votos a Havel. Y aquí vino lo bueno. Los agoreros pensaban que un escritor poco conocido, sin experiencia política, y mucho menos burocrática, amante del jazz y del rock, bohemio y tímido, que había pasado casi toda su vida adulta preso o perseguido, sería incapaz de gobernar a un país que mudaba de sistema y se enfrentaba a la inmensa tarea de corregir las arbitrariedades, errores, abusos y estupideces cometidos durante algo más de cuarenta años de dictadura comunista. Es verdad que no fue fácil y en el trayecto, al poco tiempo, checos y eslovacos se divorciaron por mutuo consentimiento (algo que hoy parece mucho menos traumático que entonces), pero, en general, el escritor inexperto resultó ser un gran estadista. ¿Cómo sucedió ese fenómeno? Ocurrió algo primordial: Havel no conocía de leyes, pero había conocido la injusticia. No sabía economía, pero sí experimentó la escasez y la falta de oportunidades. No tenía experiencia gerencial, pero estaba dotado de sentido común, sabía delegar y escogía bien a sus colaboradores. Era, además, una persona inteligente.

Havel tenía un objetivo: devolverles a sus compatriotas el control de sus vidas. La libertad era eso: la posibilidad de tomar decisiones sin coerción ni miedo. Los checos, que una vez formaron parte del imperio austrohúngaro, habían visto cómo los austríacos libres se habían convertido en ciudadanos prósperos de una nación pacífica. Y habían comprobado que la Alemania libre era mil veces más feliz y rica que la Alemania comunista. La regla de oro era obvia: había que tomar decisiones y crear instituciones que fortalecieran la libertad individual. Havel gobernaría desde los valores y los principios. El pragmatismo casi siempre es el disfraz de los oportunistas y los inescrupulosos. El título de una de sus últimas obras resumía su concepción de la política: El arte de lo imposible. Por eso Havel me honró con su trato solidario. Cuando era presidente me recibió en Praga, en el Castillo, públicamente, con toda la alharaca posible, para subrayar su respaldo a los demócratas cubanos y su repudio a la dictadura de Castro. Creía que los ex satélites europeos tenían una obligación moral con las víctimas de la última tiranía marxista-leninista de Occidente. Los pueblos habían sido hermanos en el infortunio y debían salvarse juntos. Cuando dejó de ser presidente organizó un Comité Internacional por la libertad de Cuba y una tarde me convocó a Praga para que presentáramos juntos un libro del gran poeta cubano Raúl Rivero, entonces preso en la Isla. Lo hicimos en un café, como cuando él luchaba contra la dictadura checa. Ya estaba enfermo, pero los ojos le brillaban con fiereza. Era el fuego de la libertad.


 
martes, 03 de enero de 2012 - 5:07 por SanIsidroActivo

Por Abel Posse (Escritor y diplomático).
Publicado en Perfil del sábado 24/12/11.
 
No tuvo dotes de político, no pensaba en el poder sino en el bien común. No sabía transar, ni negociar sus verdades, ni travestir con entusiasmo sus dudas. Hijo de la alta burguesía de Praga, tenía dos años cuando el nazismo sometió al país. Desde 1948 se instaló la violencia soviética. Esas cuatro décadas le habían robado una infancia feliz y una juventud arriesgada en la resistencia y la cárcel. Vivió la ilusión del “socialismo con rostro humano” intentado por Dubcek en 1967 y alentó la ideología democratizadora de los intelectuales y artistas de la famosa “Carta 77”. El sueño del comunismo humanizado duró hasta la madrugada del 20 de agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos treparon desde la Mala Strana hasta el Castillo (donde nunca pudo ingresar el personaje de Kafka).
En ese tiempo yo cumplía mi primer destino diplomático en el Moscú neostalinista de Brezhnev. Recuerdo el estupor de los diplomáticos y corresponsales más informados que ni siquiera pudieron sospechar un movimiento de semejante envergadura, ejecutado con nocturnidad, escalamiento y sin aroma de sangre. Eso sí, las ancestrales palomas de Praga enloquecieron ante el fragor metálico de las orugas y huyeron hacia la colina de Motol y el bosque de Podebrady.
Para Havel fueron los años peores. Tuvo un encarcelamiento de todo un lustro y varias formas de persecución y amenaza. Empezó a creer que lo de Kafka se transformaba en un destino fatal. Lo salvó la frescura de su fe espiritual y el amor de una mujer, Olga.
Pero los imperios implosionan cuando mueren los propios dioses que traicionaron. En 1989 se quiebra el bloque soviético. La asamblea checoslovaca convoca al bohemio Havel, al escritor, al ensayista capaz de creer en un humanismo político como espacio imprescindible de la condición humana.
El políticamente incorrecto pensó mucho en las celdas heladas del stalinismo. Siente que hay que partir de cero, como enseñó Adenauer, y no empantanarse en “la venganza del pasado”. Declaró una amplísima amnistía. Sabía que no debería permitirse que el odio de los muertos invadiese el espacio de los vivos repitiendo exclusiones y “sectarismo hacia atrás”. Sancionó la independencia que querían los eslovacos. De allí que su gobierno se calificase de “revolución de terciopelo”.
Havel había aprendido de la conducta de De Gaulle en el caso de Argelia. La guerra de dominación es siempre históricamente una guerra perdida.
Pero culminó su originalidad política al comprender que el “signo del tiempo” era aceptar la inserción en el capitalismo europeo y occidental. Nunca aceptó el comunismo, pero creía en un finalismo social de la política. No creía en el capitalismo pero sentía la ansiedad de los checos por la forma de vida que habían añorado en el gris soviético. Se quedó como figura indiscutible, pero cedió la conducción económica a Vaclav Klaus, que manejó el ingreso en la globalización como buen discípulo de Milton Friedman.
En 1990 me enviaron como embajador a Praga. Ascendí la colina del castillo, el Hradcany. El jefe de protocolo me llevó por los corredores del palacio hasta el salón. Los funcionarios esperaban a nuestra delegación. Havel estaba distraído, apoyado en la ventana que daba a la explanada donde estaba formando la guardia y sonaba la banda con los himnos.
Durante cinco años comprobé que Havel no creía en la marcha de un capitalismo mundializado. Creía que vivimos un tiempo intermedio, donde murieron los dioses últimos y aún no nacieron los próximos.
Sabía que el Nomos, el orden dominante del mundo, no podía aún definirse en la brillante y sonora edad intermedia que vivimos, donde aceptamos la realidad sin amarla y sin saber todavía cómo superarla en otro ciclo fundacional.